El nombre de Bartolomé es un patronímico que significa "Hijo de Tholmai", derivado del arameo a través del griego. El nombre de Tholmai aparece en el Antiguo Testamento (Núm. 13, 23, y 2 Sam. 3, 3), y Josefo lo cita en la forma griega, Tholomaios (Antigüedades, XX, I, 1).
Del apóstol Bartolomé el Nuevo Testamento no conoce más que el nombre, consignado en las cuatro listas del Colegio Apostólico (Mt. 10, 3; Mc. 3, 18; Lc. 6, 14, y Act. 1, 13).
Si el cuarto Evangelio no menciona a Bartolomé, señala por dos veces la presencia cerca de Jesús de un discípulo llamado Natanael, nombre derivado también del arameo, que quiere decir "Don de Dios".
Se plantea la cuestión de saber si Bartolomé y Natanael son el mismo personaje. Esta identificación es muy posible, puesto que Bartolomé es un simple patronímico, como Barabbas o Barjona, que puede usarse solo, pero supone, naturalmente, un nombre propio.
Pero, además, esta identificación es muy probable porque la vocación extraordinaria de Natanael, consignada en el cuarto Evangelio, no parece que fuera estéril. A continuación del relato de su primer encuentro con Jesús, San Juan introduce a nuevos personajes que comienzan a relacionarse con el joven Maestro, y uno de ellos debió ser nuestro apóstol.
"Al otro día, queriendo Jesús salir hacia Galilea, encontró a Felipe, y le dijo: Sígueme. Era Felipe de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Encontró Felipe a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley y en los Profetas, a Jesús, hijo de José de Nazaret. Díjole Natanael: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Díjole Felipe: Ven y verás. Vio Jesús a Natanael, que venía hacia El, y dijo de él: He aquí un verdadero israelita en quien no hay dolo. Díjole Natanael: ¿De dónde me conoces? Contestó Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Natanael le contestó: Rabbi, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Contestóle Jesús y le dijo: ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores has de ver. Y añadió: En verdad, en verdad te digo, que veréis abrirse el cielo y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre" (lo. 1, 43-51).
Este Natanael, que tan cumplido elogio mereció de Cristo, era de Caná (lo. 21, 2), dato que consigna San Juan al presentarle por segunda vez, cuando la pesca milagrosa en el Tiberíades después de la resurrección del Señor. Era también amigo de Felipe, como acabamos de ver, y quizá esta amistad sea la razón de que Bartolomé y Felipe formen pareja en la lista de los apóstoles que traen los sinópticos, lo cual confirma la tesis de que Bartolomé y Natanael son una sola persona.
Las objeciones en contra no tienen peso. Porque si en antiguos catálogos de apóstoles figuran como distintos, también son distintos Pedro y Cefas, con lo que pierden toda autoridad tales documentos. Y si San Agustín se inclina igualmente a distinguirlos (Comm. in Io., I, 843), y le sigue San Gregorio Magno, lo hace dando una interpretación demasiado personal al pasaje "¿De Nazaret puede salir nada bueno?", que le descubriría como "doctor de la Ley", demasiado suspicaz para que Cristo le admitiera como apóstol, lo cual está en contradicción con el elogio del mismo Cristo y se explica suficientemente admitiendo que Natanael no dominara del todo sus sentimientos de paisanaje. Caná y Nazaret eran poblaciones demasiado cercanas para que entre ambas no hubiera rivalidades.
Probada de esta forma la identidad de Bartolomé y Natanael, recapacitemos un instante sobre su primer encuentro con Jesús. Alma noble e impresionable, sin dobleces ni recovecos, manifiesta con todo candor sus emociones, pasando de la duda a la admiración y a la entrega. Juega Jesús con esta fogosidad del discípulo, y le prepara ya desde ahora para las grandes teofanías y revelaciones.
Lo de la higuera fue un simple destello de su sabiduría divina. "¿Porque te he dicho eso crees? Cosas mayores has de ver." La primera gran manifestación llegará a los tres días, y precisamente en Caná, para que obrando allí el prodigio desaparezca toda sospecha contra el descendiente de Nazaret. Porque en el reino de Dios no hay compromisos aldeanos de patria o lugar, de carne o sangre.
En Caná, patria de Bartolomé, asistió Jesús con su Madre y sus discípulos a aquella boda que envidiarían los esposos jóvenes de todos los siglos. En ella convirtió el agua en vino y elevó el contrato a sacramento, el amor humano a caridad sobrenatural, dando así su regalo nupcial anticipado a todos los matrimonios cristianos.
El maestresala, atolondrado con el apuro de faltar el vino, no sabía la procedencia del vino nuevo; pero sí estaban al tanto de ello los criados, que llenaron de agua hasta rebosar las ánforas de las abluciones. Ciertamente que Jesús había hecho una espléndida manifestación de su gloria y con razón podían creer en él sus discípulos. ¿Sería descabellado imaginarnos un aparte de Felipe a Bartolomé al gustar el vino milagroso: "¡Qué! ¿Puede salir algo bueno de Nazaret?"
Y aquello era sólo el comienzo. Restaban mayores cosas, no tanto por los prodigios espectaculares cuanto por la intimidad con el Señor. ¡La dicha de convivir hora a hora con el Maestro! Jesús va moldeando a sus discípulos como el alfarero el dócil barro. La materia prima es buena, la gracia divina hará lo demás. Los apóstoles fueron la mejor obra artesana del Carpintero de Nazaret.
El Evangelio, parco siempre y contenido, no desciende a muchos detalles que saciarían nuestra devota curiosidad; pero a través de sus páginas podemos seguir las andanzas del Colegio Apostólico. Presididos por el Maestro recorren, en continuo trajín pueblos y aldeas, predican en sinagogas y plazas, a las orillas del lago o en los repechos de la montaña. Las turbas les acosan, sin darles lugar a descanso, "pues eran muchos los que iban y venían y ni tiempo de comer les dejaban" (Mc. 6, 31).
Esto de la comida era frecuente, como cuando se percatan, después de haber subido a la barca, que han olvidado proveerse de pan (Mt. 8, 14), o cuando tienen que comer espigas de los sembrados, desgranándolas con las manos, lo que provoca un conflicto con los fariseos, por ser día de sábado (Mt. 12, 1), o buscan higos en la higuera estéril (Mt. 21, 18).
De dormir tampoco andarían muy sobrados. El Señor pasaba las noches en oración y sus discípulos procurarían imitarle. Pero es que les vemos en diferentes ocasiones cruzando el lago de noche, para aprovechar el tiempo, como después de las dos multiplicaciones de los panes y los peces, y puede que también durante la tempestad, cuando el mismo Señor, rendido, se durmió en la navecilla (Mt. 8, 24).
Era la vida errante que Cristo había mostrado al discípulo tímido que deseaba seguirle. "Las zorras tienen sus guaridas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reposar su cabeza" (Lc. 9, 58).
Y como El los suyos. Dependían de la caridad ajena, de los amigos que les invitaban a comer, del socorro de las santas mujeres o de la administración tacaña de Judas, que, como ladrón, robaba de la bolsa común (lo. 21, 5).
¿Cuál era la condición de los apóstoles? En lo social pertenecían a lo que pudiéramos llamar una clase media acomodada. Juan y Santiago, los hijos del Zebedeo, tenían un próspero negocio de pesca, con barca propia y criados. Similar era la situación de Simón y Andrés, y por el estilo la de Felipe y Bartolomé, los galileos que vivían en la región ribereña del lago. Probablemente alternaban el oficio de la pesca con otras profesiones artesanas, o con el pastoreo y la labranza.
En lo cultural poseían la instrucción de los de su clase, basada en un conocimiento suficiente de la Ley y la literatura religiosa judía, y seguramente sabían, además del arameo, el griego común, la lengua que se hablaba en Cafarnaúm y sus aledaños, por ser nudo de comunicaciones y comercio.
En lo religioso eran almas sinceras, asiduos a la sinagoga los sábados, cumplidores sin escrúpulos nimios de la Ley, encendidos en la esperanza del Mesías, entregados de lleno al ideal de salvación de Israel que el Maestro predicaba, aunque algunas veces se dejaran llevar de interpretaciones algo terrenas.
¿Cómo se manifiestan los apóstoles? Con una mezcla muy humana de buenas cualidades y defectos.
Son generosos, lo han dejado todo, sus casas, su familia, sus amistades, su profesión... Han roto todos los lazos que les unían a cosas tan queridas y entrañables, y se han lanzado a la gran aventura.
Son leales a su Maestro, y tiemblan la noche de la cena, cuando les anuncia que entre ellos se encuentra un traidor.
Piden al Señor que les aumente la fe, que les enseñe a orar, que les explique las parábolas, todo lo cual denota una enorme buena voluntad y un deseo grande de aprovechamiento.
Junto a estas excelentes cualidades apuntan las imperfecciones. Son puntillosos, buscan los primeros puestos, quieren figurar. Son cobardes cuando regresa Jesús a Judea y cuando le abandonan la noche del prendimiento.
No entienden tampoco la Pasión, por más explicaciones y anuncios que el Señor les da.
Mas Jesús, con paciencia infinita, les va instruyendo y formando, aunque deje también para el Espíritu el completar interiormente su obra.
Alterna la teoría con la práctica y por dos veces les envía a evangelizar los poblados galileos, concediéndoles poderes de arrojar los demonios y realizar milagros.
Ellos volvieron radiantes por el fruto cosechado, y entonces Jesús exulta de gozo, porque su Padre revela estas cosas a los pequeñuelos y se las esconde a los sabios y prudentes.
Fueron tres años de trabajo y convivencia que dejaron en su alma un poso inolvidable. Jesús los destinaba a ser sus sucesores en el ministerio pastoral. Ellos gobernarían la grey cristiana y les concedió amplísimos poderes. Les transmitió su sacerdocio, con la potestad de ofrecer el sacrificio de su Cuerpo y Sangre y administrar los sacramentos, signos eficaces de la gracia. Les encomendó el depósito de su doctrina, haciéndolos maestros y doctores.
Tenían que superar la hora de la prueba, cuando fue como si todo se derrumbara. Ya lo había predicho el Maestro: "Todos padeceréis escándalo por mí esta noche". Ellos, que esperaban había de redimir a Israel...
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